
El viento helado recorría las calles vacías de Buenos Aires. Tomás, con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos, miraba desesperado la avenida. Había perdido el último colectivo y la idea de caminar hasta su casa en plena madrugada lo desesperaba. De repente, un bondi apareció a lo lejos, avanzando lento como si flotara en la bruma nocturna.
Tomás: ¡Qué suerte! Pensé que no pasaba más ninguno.
Se sube y paga con la SUBE, pero el lector de tarjetas no emite sonido. Mira al chofer, un hombre de rostro serio que simplemente asiente.