
Celia baja a por el correo y Emilio, el casero, la para en el portal, con tres asuntos en la voz. Le indica el sobre del banco. Huele a lejía recién echada.
“Lo del agua es del martes, lo de la obra de abril, y el banco pide papeles”, suelta Emilio. Celia se pierde en el segundo. “Y si no los llevas tú, los llevo yo”, sigue.
Antes callaba, porque callarse era cómodo y no costaba nada. “A ver si te sigo: la obra en abril, y los papeles esta semana”, repite Celia.