
En la farmacia hay cuatro cajones abiertos y un botiquín sin tapa en el suelo. Marta lleva nueve años detrás de ese mostrador y hoy está subida a una banqueta. Apunta hacia la repisa alta de la estantería y aguarda con calma.
Irene alcanza una caja del suelo, la acomoda y saca un tubo de esparadrapo. “Ese no, el otro, que ese es demasiado ancho para un dedo”, dice Marta sin bajarse. “Y ordena las pastillas en el estante de abajo, que ahí se ven mejor”.
Irene le pone dos tiritas en la mano y le sostiene el estante. “Esto son tiritas y eso una venda”, dice ella primero. “Ya te sabes los nombres mejor que mi sobrina”, contesta Marta, con una…