
El amanecer llega tarde a Juliaca y el bus, que salía a las siete en punto, entra con dos horas de retraso. Elena baja al estacionamiento y no se oye un motor. El trayecto fue tan largo que le duelen las rodillas.
Detrás de la puerta, un hombre vende termos y pan. Elena prende el teléfono y no encuentra señal. Tampoco hay un letrero, y apoya la valija contra la pared.
Al fin aparece una raya de señal y llama a Julio, aunque seguramente está durmiendo. “¿Llegaste bien, o te bajaron en otro lado?”, pregunta él. “Con retraso, pero la llegada fue tranquila”, dice Elena.