
Pablo era el camarero de abajo. Claudia era todavía la de la mesa. A los fijos nadie les había preguntado nunca qué querían: lo suyo llegaba solo.
Había ruido, churros y un sitio libre. Claudia lo ocupó con el corazón tonto. “¿Lo de siempre, o hoy tampoco te fías de mi máquina?”, preguntó Pablo.
Era la primera vez que alguien daba su café por sabido; el orgullo le dio risa. “Lo de siempre, y no me lo cambies nunca”, confirmó, casi una firma.