
Jairo era cocinero, de vuelta tras quince años en Nueva Jersey. Llegó al barrio Obrero de Cali, Colombia. El barrio lo recibió como si nada.
La esquina de siempre, el calor pegado a la espalda. Yamileth, la socia de toda la vida, lo esperaba con lulada y mecato. “¿Qué más pues? ¿Cómo te fue por allá?”, saludó. “Quince inviernos, mija”, contestó.
“Allá estuve rentando un puesto de comida”, siguió Jairo. “Rentando”, repitió Yamileth, sonrisa chueca. “Aquí se dice arrendando, gringo.” En la mesa, la familia puso sancocho y preguntas.