
El levante llegó el jueves, puntual como todo lo que estropea planes. Claudia y Marcos miraron el muelle. Alba amarró y aplazó: “Con levante no salgo ni a nadar; os debo una tarde”.
“¿Y ahora qué hacemos?”, preguntó Claudia, viendo la lona dar golpes. “Ahora, azotea; el plan B aquí siempre tiene vistas”, decidió Marcos.
Subieron sillas y una nevera. Las servilletas volaban a menos que alguien las sujetara. El levante silbaba en las antenas y nadie le hacía caso.