
Camila entró al bar tirándose en la silla, hecha pelota, y largó todo de una. “Che, no doy más con este laburo, boludo”, disparó antes de acomodarse bien. Tomás y Flor se miraron, ya listos para el desahogo de siempre.
Según ella, el jefe le mandaba un quilombo tras otro sin respiro ni un gracias. Se quedaba renegando hasta tarde, reventada, mientras los demás rajaban a horario. Encima el sueldo era una miseria, y con ese mango no le alcanzaba para nada.
Tomás la bancó en silencio, dejándola descargar todo el bajón sin interrumpir. Flor le acercó una birra y le dijo que se despachara con confianza. “Está todo mal, es un garrón, me quiero borrar de ahí”, cerró Camila.
Entre queja y queja, empezó a contar los detalles del último proyecto imposible. El jefe le había soltado la cuenta más grande de la empresa, ella sola. Se pasó tres semanas al horno, sin dormir, sacando el laburo adelante.
Flor la frenó en seco con una pregunta que la dejó pensando. “Pará, ¿y por qué te daría el cliente más importante a vos, si te odia?” La pregunta quedó flotando y Camila se quedó muda un rato largo.
Justo ahí le sonó el celular con un mensaje del jefe en persona. Lo leyó dos veces, sin creerlo, y la cara se le fue transformando de a poco. El viejo la felicitaba por el proyecto y la ascendía a jefa de área.
El bajón se le dio vuelta y de golpe todo tenía otro sentido. El maltrato no era maltrato, era una prueba de fuego que había pasado. Tomás levantó la birra y brindó por la nueva jefa, muerto de risa.
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