
Una tarde cualquiera, el corredor se llenó solo: mochileros, guarapo frío con hielo y Baldomero, el cuentero de Aracataca, Colombia, en la mecedora.
Presumía de cuarenta años agrandando el pueblo. Ofelia era la dueña del hospedaje y ponía el orden: paciencia en otra parte, y con los cuentos no hacía la vista gorda.
“De la ciénaga sacaban pescados gigantes, de dos metros”, arrancó él. “Los cargaban entre cuatro.” “De medio metro”, corrigió Ofelia. “Medio metro, y gracias.” “Por eso el cuento no es suyo”, contestó Baldomero, y agrandó el pescado medio metro más, como si la retara.