
La revancha se preparó a escondidas. Renata pasó la semana reuniendo albures del carnicero del tianguis, a quien pidió que no se lo contara. Los apuntó en una libreta bajo la barra.
Mientras ella rebanaba jícama fría para la botana, Joaquín hojeó la libreta. “¿Estudiando, patrona?”, preguntó, con cara de yo no fui. “Es la lista del mandado”, contestó ella, aunque los dos sabían leer.
“¿Qué compra? ¿Puros dobles sentidos?”, dijo él, devolviéndola. “Vamos a subir la apuesta”, planteó. “Si el viernes me gana con un albur de su cosecha, le lavo los trastes un mes. Si pierde, me invita la comida.” Y le puso fecha: la hora de la comida.