
Después de tantos jueves juntos, a Sofía se le ocurrió una idea medio cursi: tomarse una foto de los cuatro para colgarla en el refri. Nadie se opuso. Lo que nadie imaginó es que algo tan simple se iba a volver semejante desmadre.
Tardaron más en acomodarse que en cenar. Mateo se aventó una pose de portada de disco que nadie le había pedido, convencido de que era el galán del grupo. Se puso hasta adelante, con una cara de mamón que dio risa.
Ahí estaba, parado como el mero mero, cuando en realidad se veía bastante chafa. “Te ves bien naco”, le dijo Pablo, sin piedad. Proponía tomarla así como estaban, sin tanta producción.
Renata apuraba desde atrás, muerta de hambre, diciendo que se estaban clavando demasiado. La cagada llegó cuando apoyaron el celular en una silla, corrieron a la marca, y resultó que nadie sabía usar el temporizador. Qué oso.
Se chutaron diez intentos antes de que saliera una decente. “Órale, ahora sí, todos quietos”, gritaba Sofía cada vez, y cada vez se movía alguien. “Ya, compa, es una foto, no una boda”, le contestaba Mateo desde el fondo.
La primera salió borrosa y la tercera, sin Pablo. La décima quedó toda chueca, con la mesa inclinada y medio mantel de protagonista. De perdis, esa sí los agarró a los cuatro viendo a la cámara, y a esas alturas ya les valía madres.
La colgaron igual, con un imán del súper, y ahí sigue. Al final eso era el grupo: cuates con los que uno la riega, hace pendejadas y termina contento de haberlo hecho. Nadie recuerda la foto; todos recuerdan la hora que perdieron intentándola.
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