
La carpeta del piso que Irene quiere comprar la abre una empleada joven. Dentro hay dos papeles con sellos y poco más. Deja su credencial en el escritorio frío y aguarda con las manos abajo.
“Aquí falta la fecha, y aquí la dirección completa, con el número y la letra”, dice la empleada. “Y verifique el código de la cuenta, que si baila un número se cae todo”. Irene saca el recibo del banco y lo deja encima de todo.
Coge el bolígrafo, firma despacio y la tinta se le corre, aún húmeda. “Hay otra persona desde septiembre, con un ingreso más bajo que el suyo”, añade. La empleada saca del archivador un papel con dos grapas.