
El alebrije lleva doce años en la misma repisa, con polvo. Mateo, un sobrino que pasa los domingos ahí, baja la figura y se le resbala. Cae de lado, Mateo no llega a frenarla y una pata rueda debajo.
Mateo moja un paño y ve la raya larga sobre la pintura del ala. Apaga la luz para mirarla mejor. Dice algo bajo y no se mueve.
La tía Rosa, una mujer que talla figuras, entra secándose las manos, calla y no hace ningún gesto. “Se rompió, tía, y fue mi culpa; se me fue de la mano”, dice Mateo. “Se rompió, sí; no te pongas así, que es madera y no un hueso”, contesta ella.