
El atajo que subieron ayer con Álvaro no aparece por ninguna parte. Irene sube sola entre hierba alta y deja el sendero bueno a la izquierda. Una cabra la mira desde una roca y no se mueve del camino.
“¡Por ahí no, guapa, que eso baja al barranco!”, le grita Álvaro desde el prado. “¡Busca la arboleda de arriba y no te salgas de ahí!”. El desvío la deja en un arroyo seco, con la boca seca también.
Sigue la huella de una rueda por la cuneta y se agarra a un tronco áspero. “Has tardado una hora en lo que se hace en veinte minutos”, dice Álvaro, y se ríe. “Un atajo aquí no se cuenta de pasada; se anda una vez contigo y ya está”.