
Claudia, una documentalista de Vitoria, llegó a Cádiz. La peña le había encargado que digitalizara su archivo antes de la mudanza. La esperaba Marcos, el archivero, candado en mano.
La barra, con olor a café y a madera, preguntaba cuánto se quedaba y si se aburría. “Hoy conoces la casa; mañana, el papel”, avisó Marcos, sin prisa.
“¿Me das las llaves?”, pidió Claudia, en tono de trámite. “Ese archivo lleva años quieto; una tarde más no lo mata”, contestó él. Cádiz no cabía en su calendario.