
Esa noche Mateo intenta juntar la pata de copal con la goma que Rosa guarda en la cocina. Pone pegamento en las dos partes y cuenta hasta sesenta. El cuarto huele fuerte y le pican los ojos.
“¿Y si queda torcida?”, pregunta Mateo. “Se despega y ya está; no te preocupes”, contesta Rosa desde la puerta, sin entrar.
Mateo sujeta la pata con un trozo de cinta adhesiva y la estira bien. Rosa le avisa: “Déjala boca abajo para que seque toda la noche.” Mateo obedece y no la toca más.