
Cuando el techo cede, Amparo se queda sin casa. Amparo es costurera en Salento, en Colombia. Yolanda, la señora que alquila cuartos, le muestra el alojamiento. “Quédese los días que quiera”, dice Yolanda.
“Aquí eso no se habla.” “Tres semanas, entonces”, acepta Amparo. Deja la valija en el piso y el abrigo en la percha. Esa noche pone billetes junto a la cafetera, segura: no deber nada.
A la mañana el dinero sigue ahí, raro. Yolanda sirve un café y la mesa está puesta para uno. “¿Le sirvo, doña?”, prueba Amparo.