
A las nueve, Alba, la patrona del barco, amarró en el muelle. Claudia era la anfitriona, y Marcos, el primer invitado. La anfitriona tenía una frase pendiente.
“¿Todos esos caben, o vamos a nadar la mitad?”, preguntó Alba, contando cabezas con el dedo. “Caben hasta los que dicen que no vienen”, contestó Claudia, y pagó la señal. El plan era sencillo: atardecer y vuelta.
Marcos subió último. “Yo de la orilla no paso; hoy hago una excepción”, avisó, agarrado a la borda. El motor arrancó con ruido viejo, y la bahía se abrió como una mesa puesta.