
En la previa, con música y escabio, Camila y Flor se pusieron a largar todo. “Estoy re mal, piba, conocí un pibe soñado”, arrancó Camila con una sonrisa boba. Flor casi salta de la silla, porque ella también venía embalada con alguien.
Las dos empezaron a describir a sus respectivos candidatos, muertas de la emoción. Camila contó que el suyo era alto, canchero y con una labia impresionante. Flor asintió rarísimo, porque el suyo tenía exactamente la misma descripción.
Siguieron comparando entre risas, sin darse cuenta del bardo que se venía encima. Los dos pibes las habían invitado al mismo bar, con el mismo verso trillado. Hasta la remera que describían, azul con letras blancas, era idéntica.
El clima fue cambiando de la euforia a una sospecha bastante incómoda. “Pará, piba, ¿el tuyo no se llamará Nico, no?”, preguntó Camila despacio. Flor se quedó dura, con el vaso a mitad de camino de la boca.
Era el mismo chabón, chamuyándose a las dos amigas al mismo tiempo. El pibe soñado de cada una era un chamuyero serial que las verseaba en paralelo. La previa alegre se pinchó de golpe con la calentura subiendo.
Después del cachetazo inicial, las dos se miraron y la calentura cambió de destino. En vez de pelearse entre ellas, se aliaron contra el forro con una sonrisa peligrosa. Si el pibe quería jugar con las dos, iba a cobrarla doble.
Armaron un plan de venganza ahí mismo, entre carcajadas y trago va trago viene. El chamuyero no tenía ni idea del quilombo que se le venía encima. Nada cura un desamor tan rápido como una amiga con sed de revancha.
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