
La luz se va y el ventilador se para. Emiliano prende una lámpara chica y Jimena trae un cerillo. “¿Y ahora qué hago, sin aire y sin luz?”, pregunta él.
Jimena jala la ventana del patio. Entran los zancudos, en bola. “Cierra eso, me van a comer vivo”, pide él.
Emiliano tapa la ventana de prisa, con su camisa limpia. La camisa queda negra. “Esa es la camisa buena, la del trabajo”, nota Jimena.
Emiliano no duerme nada en toda la noche. En la mañana la camisa está sucia. “Así no entro a la caseta de la antena”, dice.
Jimena sale y regresa con un bulto blanco. Es un pabellón viejo, remendado en dos partes. “Es mío, ya no lo uso, llévalo”, ofrece ella.
Lo cuelga de las dos argollas. “Mañana lavas tu camisa bien temprano”, avisa Jimena. Ella apaga la vela y deja un trapo seco.