
Un hombre llama a la puerta de Celia, la traductora del cuarto. Quique, el técnico del gas, se pone un guante y mira el piloto azul, que huele a cerrado.
“Esto se enciende aquí, y si se apaga miras la presión y ya está”, dice Quique sin volverse. “Y el manual está dentro del cajón, aunque nadie lo lee, es decir, nadie”, sigue. Celia asiente.
Ella se gana la vida con las palabras y ahora no le llegan. No ha cogido ni la mitad de la explicación. Aprieta el bolígrafo y deja pasar un minuto, insegura.