
RocĂo llama a la puerta de Irene el viernes y Quique pasa por el portal. “Quedamos por la tarde y bajamos andando al mercadillo”, le propone desde el rellano. Irene dice que sĂ y lo guarda en el mĂłvil.
A las cinco menos cinco Irene ya está abajo, peinada y con el bolso. “Pues aquĂ estoy otra vez, la primera como siempre”, piensa, y mira el portal vacĂo. El bar de enfrente tiene la persiana echada.
A las cinco y media sigue sola y empieza a mirar el reloj cada poco. “Igual he confundido el dĂa, o igual sigue durmiendo”, piensa, y sube a llamar al timbre. “¡RocĂo! ÂżBajas o no bajas?”, dice desde el rellano, y dentro solo se oye ruido de platos.