
En Granada las oficinas pequeñas huelen a papel guardado. Hace un mes que Celia, la traductora del cuarto, busca trabajo fijo. Nuria, la encargada, la hace pasar sin levantarse.
“La tarifa no se negocia, es la misma para todos los clientes”, afirma Nuria. “Ahora bien, esto no es Madrid y aquí competimos con menos”, explica. Celia escucha.
El plazo son dos semanas y el compromiso va firmado. Nadie le aconseja rebajar su trabajo, pero la calidad tampoco le aumenta el precio. El cargo de la oficina sale de ese número.