
Flor llegó bajoneada y Tomás se ofreció de psicólogo improvisado de la barra. “Contame todo, flaca, que para eso están los amigos”, dijo, muy pancho. Se acomodó en el taburete como si fuera un diván carísimo de consultorio.
Flor arrancó a contar que el chabón que le gustaba era un careta total. La había dejado colgada dos veces y encima chamuyaba a otras minas al mismo tiempo. “Es un forro, sacátelo de la cabeza ya”, sentenció Tomás con autoridad.
El pibe se mandó una teoría larguísima sobre cómo funcionaba el amor. Hablaba de señales, de códigos y de banderas rojas como todo un experto del tema. Flor lo escuchaba entre sorprendida y aliviada de tener semejante gurú al lado.
“Vos tenés que hacerte la difícil, no le des bola tan fácil”, le aconsejaba. “Si te busca, que labure para conseguirte, no le regales nada”, agregaba convencido. Cada consejo sonaba más pulido que el anterior, como sacado de un libro.
Flor, ya casi curada del bajón, lo miró con una admiración nueva. “Sos un genio, Tomás, ¿de dónde sacás toda esta posta?”, le preguntó agradecida. Él sonrió con humildad falsa y se mandó otro trago sin apuro.
Camila, que venía llegando, escuchó la última parte y soltó una carcajada enorme. “¿En serio este te está dando consejos de mujeres?”, tiró sin filtro. Tomás le hizo señas desesperadas para que se callara la boca.
Pero Camila ya estaba lanzada y soltó la bomba sin piedad ninguna. “Flor, este pibe no tuvo una cita en toda su vida, es más solo que perro en la calle.” El gran psicólogo de la barra se puso rojo y no pudo defenderse.
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