
El Terminal Terrestre de Cusco, en Perú, huele a gasolina y a pan. En la puerta está Elena, una viajera de paso, con la valija y un bolso, y busca el letrero de su ruta. Junto a la taquilla espera Julio, un chofer que ya la llevó al mirador.
“¿A qué hora sale?”, pregunta Elena. Julio contesta: “El horario cambia; hoy sale a las ocho en punto.” Ella mira el letrero y esa hora no está escrita ahí.
Detrás del vidrio le dan el boleto y un pasaje de papel. “Queda un asiento disponible, adelante y del lado de la ventana”, le repite Julio. Elena lo escucha y aprieta los labios.