
El negocio de los jugos necesitaba el local de la esquina, desocupado. Jairo llegó con Yamileth, el arriendo en efectivo y los papeles del fiador.
Venía decidido, o eso creía. El dueño dijo el precio y remató con un hágale de una que quedó flotando.
Jairo entendió una sola: la cifra. Lo demás le sonaba a apuro, como si el dueño tuviera otra cita. “Lo pienso y le aviso mañana”, contestó.