Es sábado al mediodía en Palermo. El aire está frío, pero de la panadería sale olor a masa caliente. Clara baja del colectivo con una carpeta azul bajo el brazo. Vino a Buenos Aires por unas horas para firmar unos papeles. Antes de volver a la terminal, cruza la calle y se detiene frente a una vidriera pequeña. Detrás del vidrio ve medialunas, tartas y una bandeja de empanadas.
Clara no entra aquí desde hace muchos años.
Empuja la puerta. Suena una campana corta. Detrás del mostrador hay un chico con delantal negro y harina en las manos.