
Salvador, el de al lado, mira cuando la señora mayor se para delante de Gabriela, que solo cubre el negocio de su hermano un mes. “Dos kilos de naranja, y me los anota”, dice la señora.
“Yo no puedo anotar nada. Esto no es mĂo”, dice Gabriela. “Está bueno. Vuelvo el viernes igual”, dice la señora, y se lleva las naranjas. Huele a naranja partida.
“Esa señora paga los viernes desde hace ocho años”, le dice Salvador. “Su hermano le anotaba a media calle.” “¿Y cuánto suma eso?” “Nadie lo sumó nunca.” Su regla era no cargar con deudas que no conoce.