
El sábado, Claudia y la peña cruzaron la ciudad con los libros en carretilla. La pared esperaba con las baldas medidas. Entraba una luz nueva, de comienzo.
Martina llegó la última, con el tomo. Lo dejó en la balda del medio, sin pedir permiso. Nadie se lo habría negado.
Claudia lo abrió con las dos manos. “Para la peña, que me enseñó a leer en voz alta”, leyó. Debajo había una firma.
La firma era de Martina. “La biblioteca no se vendió fuera; la compré yo, para que no se perdiera por el mundo”, confesó. “Llevaba años esperando”, añadió.
Lo dijo como quien ha hecho algo enorme. Claudia entendió la custodia callada. Marcos le tendió la mano.
La invitó a quedarse. “Los libros vuelven a casa, y usted con ellos”, dijo Claudia. La balda del medio ya no se llamaba balda: se llamaba biblioteca.
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