
El sábado, Claudia y la peña cruzaron la ciudad con los libros en carretilla. La pared esperaba con las baldas medidas. Entraba una luz nueva, de comienzo.
Martina llegó la última, con el tomo. Lo dejó en la balda del medio, sin pedir permiso. Nadie se lo habría negado.
Claudia lo abrió con las dos manos. “Para la peña, que me enseñó a leer en voz alta”, leyó. Debajo había una firma.