
El bar de la plaza está lleno de gente y de ruido un lunes por la noche. Irene se sienta al fondo y deja el bolso sobre las rodillas. Detrás de la barra está Quique, el dueño, que seca vasos y habla con todo el mundo.
Irene espera la carta un buen rato y no llega nadie. En las otras mesas la gente ya come, pero su mesa sigue vacía. “Perdona, ¿me traes la carta?”, pregunta en voz alta.
Quique la oye y levanta la cabeza. “Aquí no hay carta, guapa, aquí se pide en la barra”, contesta. “La cocina está detrás de mí, y yo de aquí no salgo”.