
En la lista de la compra, Claudia tenía dos columnas: qué necesitaba y cómo se pedía. Llevaba días oyendo pedir en el mercado de abastos; hoy le tocaba. Ensayó la frase en voz baja.
En el puesto, entre murmullo y pescado fresco, le eligieron la fruta. Nadie la miró de más. Salió con la bolsa llena, segura de haberse salido con la suya.
“Hoy nadie me ha tomado por turista”, le presumió a Marcos, con la bolsa como prueba y la cuenta redondeada. “¿La has pagado en euros o en aplausos?”, preguntó él. “La frutera me preguntó ayer si la de Vitoria volvería el sábado; te guarda tomates de los buenos”, añadió.