
Cuando Claudia sacó el monedero, Pablo señaló la pizarra. “Aquí se apunta y se paga a fin de mes; el que paga al día es un turista”, dijo, y siguió secando vasos. Bajo la luz de la barra, la pizarra guardaba nombres.
Claudia insistió, billete en mano, porque deber dinero le picaba: “Cóbrame y en paz”. “El dinero corre; la tiza espera”, contestó Pablo, con el trapo al hombro.
Aquellas rayas, como las coplas, guardaban algo: fiar no es un favor, es decir te espero. Su norma de no deber se quedó vieja. Una deuda pequeña, a la vista de todos, la ataba al bar mejor que cualquier propina.