
El aguacero llegó sin aviso. Baldomero estaba en el andén, con la rueda de mochileros armada y la libreta; Ofelia miraba el cielo. “¡Adentro, Baldomero, que se moja!”, gritó Ofelia. “¡Primero las hojas, que la gente se seca sola!”, contestó Baldomero, manoteando el aguacero.
Todos corrieron adentro. Cuando él llegó al corredor techado, la libreta ya iba empapada. “Déjenla, que la plancha no resucita tinta”, cortó Ofelia, con toallas. “El agua ya hizo lo suyo.” “Ya lo sé”, dijo él. La rueda se desinfló sola.
La tinta se soltó del papel hoja por hoja: el pescado gigante, el tren amarillo, la boda. Todo vuelto agua sucia entre los dedos.…