
Celia, una traductora de Madrid, se ha mudado a Granada. La habitación está en un cuarto sin ascensor, sobre una tienda. Emilio, el casero, la espera en la puerta.
“El alquiler es de mes en mes, y el primero por adelantado”, dice Emilio. “Y arriba se oye de todo”, explica. Celia ha comprobado el armario: no cierra a la primera.
El colchón huele a nuevo, aunque el interruptor no encienda nada. Emilio mueve un enchufe y tarda en contestarle. Ella calla. “La calefacción en enero no subiría hasta aquí”, avisa. “En el pasillo hay una estufa”, ofrece. Celia lo acepta y apunta la cifra.