
A Irene le duele la garganta desde el sábado por la noche. Rocío, su vecina, le manda a la farmacia de la plaza, que huele a jabón desde la puerta. Detrás del mostrador está Marta, la farmacéutica, con la bata blanca.
“Buenos días, ¿qué te pasa? ¿Es para ti o para otra persona?”, pregunta Marta, ya de pie. Irene abre la boca y se queda quieta un segundo demasiado largo. “Nada, nada, ya vuelvo luego, muchas gracias”, dice, y sale a la calle.
En su país el medicamento está a la vista y se paga sin hablar. “Aquí no se coge nada del estante, aquí hay que contarle a alguien lo que te duele”, piensa en el escalón. Sin palabras no hay medicamento, y…