
El cartĂłn con el precio nuevo lleva media hora afuera, y lo escribiĂł RocĂo un jueves, sin avisarle a nadie. Esteban llega a las seis y lo lee dos veces.
La greca todavĂa no calienta y la panela del dĂa sigue entera sobre el mostrador.
âMe escuchĂł a la mitadâ, dice Ă©l.
âLo hice donde me servĂaâ, contesta RocĂo.
âSi hubiera puesto solo el letrero, hoy tendrĂa los mismos clientes y treinta pesos mĂĄsâ, le apunta Esteban. âSubir y avisar el mismo dĂa no lo aguanta nadie.â
Ella no discute.
Mezcla la pasilla con el café bueno para que dure.
El olor de la tostiĂłn la delata igual, y ella lo disimula abriendo la puerta.
Un cliente de años pide la cuenta y no vuelve en toda la semana.
âYo no le reclamo nadaâ, dice Esteban desde la barra de guadua. âPero se lo habĂa dicho.â
âNo me lo diga dos vecesâ, contesta ella, terca.
Afuera, dos arrieros que bajan en el willys miran el cartĂłn y siguen de largo.