
Sin libreta, el cuentero contaba poco y dudaba mucho. Baldomero se frenaba a media historia: los cuentos, sin papel, no se desempolvaban.
Ofelia hojeó el álbum del hospedaje y encontró lo que no buscaba: un retrato amarillento, pegado con esquinas negras. Un tren amarillo, cargado de pescado, y un hombre sonriendo al lado.
Lo sacó una tarde llena, a plena luz. “Cuente la del tren”, pidió, y levantó el retrato para que lo vieran. Baldomero le sostuvo la mirada.