
El encargo soñado de Marcela era la licitación de la estación de Ignacio. El trámite traía letra chica y papeleo.
La obra se adjudicaba con la mantención, que no se adelantaba sin que alguien dejara constancia de una falla. La falla era un secreto a voces y la firma era otra cosa.
“¿Y vas a postular?”, preguntó Ignacio. “Ya postulé. Piden fallas declaradas, con nombre y firma”, contestó Marcela, y puso en la mesa el presupuesto por capas. “Fierro viejo que conversa”, repitió Ignacio.