
Huele a masa en el cuarto de atrás de la panadería. Rosa deja la masa en reposo, se limpia las manos y arrastra una silla hasta la entrada. Irene se sienta con la espalda contra la pared.
“Ahora no se toca, guapa; la masa quiere media hora quieta y luego sube sola”, dice Rosa. Una paloma anda por el patio y las dos la miran un ratito. Irene estira las piernas y no busca nada que decir.
“Mi madre me sentaba aquí a esta hora y no hablábamos nunca”, cuenta Rosa. “Yo creía que era por algo malo, y era lo mejor del día”, añade con la boca llena. La masa sube muy lentamente y se pone espesa por dentro.