
Valeria es luchadora y entrena cada mañana en el gimnasio de enfrente. Nadie del edificio le ha visto la cara. Ella sube la escalera a la azotea a las seis, cuando arriba no hay nadie.
Hoy sà hay alguien. Karla termina su turno, cuelga el uniforme y oye pasos atrás. Valeria trae la máscara plateada en la mano, mojada, y el pelo pegado a la frente.
Se queda quieta junto al tinaco. “Buenos dĂas,” dice Karla, tranquila. “Hay sitio en mi tendedero, el del rincĂłn.” “¿No me vas a preguntar nada?” dice Valeria.