
Tras tres meses de rebusque (plaza de mercado, guayaba pelada), Jairo ya no traducía: pensaba en caleño.
Los jugos salían exprimidos al momento y la licuadora no descansaba. Yamileth atendía la caja del local, a dos cuadras del que el dueño no arrendó. “Ya tienes caseros, ve”, le dijo Yamileth. “Lo que perdiste fue un local, no el año.”
Un sábado, ese dueño apareció, probó la lulada y pidió ñapa. “Tengo otro local, mejor esquina”, dijo el dueño, yendo al grano. “Si le interesa, hágale...” “De una”, contestó Jairo, antes del punto final. “Aprendió rápido, don Jairo. La próxima me deja regatear.”