
Marcela, la mujer que pintaba la estación, llevaba semanas colgada de un andamio en un cerro de Valparaíso, Chile. Conocía la máquina de memoria: el engranaje sonaba a reloj. Ignacio, el maquinista, tenía la libreta al día y saludaba desde la caseta. El eje tenía un chirrido fino.
“¿Y ese ruido nuevo, maestro?”, preguntó Marcela. “Fierro viejo que conversa. Al tiro le pongo grasa”, contestó Ignacio.
Marcela no contestó enseguida: esperaba que él mirara. Por la rejilla se veía la mantención: al engranaje le faltaba grasa. “¿Y esa parte gastada?”, insistió ella. “Yo cacho de fachadas y eso se ve cansado.”