
Griselda era la profesora de los cuentos en un instituto de San Telmo, Buenos Aires, Argentina. Sus alumnos extranjeros no aprendían con listas: aprendían con historias que dictaba despacio, en un aula que olía a café con medialunas.
Ariel era el dueño del instituto, y los lunes bajaba del subte con el promedio de cada grupo tildado en rojo. “Tu grupo rinde menos”, dijo Ariel, lapicera en mano. “Los de la aplicación van adelante.”
“Mi grupo llega después del laburo y no falta nunca”, contestó Griselda. “Mirá la otra columna, la de los que vuelven.” “Acá se paga con niveles, no con cariño”, cortó él. “¿Y los viernes?”, preguntó ella. “Los…