
Cecilia alquila un cuarto en Arequipa, en Perú, en la pensión de Zoila, la dueña. Lleva cuatro días preguntando un nombre en la ciudad donde nació. Nadie le dice lo mismo dos veces.
“¿Y usted a quién busca?”, le devuelven los inquilinos, y Cecilia no lo describe bien. Zoila la oye desde el patio mojado. Al cuarto día se detiene a su lado, con el diario marrón en la mano.
“Deje de preguntar así”, le dice Zoila. “Va a conseguir que esa persona se vaya, y entonces no la encuentra nadie.” Cecilia entiende dos cosas juntas, y ninguna le sirve. “Zoila sabe”, piensa.