
Sábado tras sábado, la rutina se armó sola: Emiliano llegaba temprano y la campanita sonaba. Norma se desató el delantal a media mañana.
“Hoy me voy de franco yo, por primera vez en años”, avisó. “Vos quedás a cargo del negocio. Cualquier cosa, me llamás.”
“¿Y si viene mucha gente?”, preguntó Emiliano. “Mejor para vos: propina doble”, contestó ella, y se fue sin darse vuelta, cartera al hombro. Le habían contado que la caja no se la dejaba a cualquiera, y le llevó semanas ganarse el saludo de los clientes. Atendió, cobró, rebozó, sin que nadie llamara a Norma.