
En Mérida, México, Gabriela cuida el puesto de fruta de su hermano y abre a las cinco y media, como en el mercado donde trabajaba. Salvador, el vecino de la frutería, abre a las siete, como todo el pasillo. Huele a mango maduro.
A las seis ya vendió tres cajas. “Qué bueno que está abierto, así cargo temprano y me voy”, le dicen, y compran barato. A las siete y media no le queda nada y el pasillo se llena.
“Aquí se abre a las siete, y hay una razón buena”, le dice Salvador. “Usted le vendió a los revendedores, y a las ocho ellos venden al doble.” Gabriela no dice nada.