
Sus gafas viejas tenían un cristal rayado, y Lorena ahorraba desde junio para unas nuevas. El viernes fue a la óptica con ese dinero y con el primer plazo del amplificador.
Rubén llegó tarde y se sentó a su lado. “No llego a fin de mes, Lore. El taller me ha cobrado doscientos euros por el coche”, confesó en voz baja.
Lorena contó los billetes con calma. Luego pagó los dos plazos, su mitad y la de Rubén, y miró las gafas nuevas del escaparate. “Mis gafas pueden esperar”, le dijo a Raquel, que le trajo un café sin preguntar nada.