
En el grupo de Sofía había una regla que nadie escribió: el jueves que te tocaba pedir la cena, pagabas y punto. Ninguno quería quedar como el codo del cuento, pero a todos les daba hueva soltar la lana. En la práctica, cada semana era una negociación.
Esa noche le tocaba a Mateo, y el muy vivales llevaba días anunciando que andaba corto. Llegaron los tacos y las chelas, y él se puso a contar las monedas de su cartera con una lentitud sospechosa. Renata lo cachó de inmediato.
“No mames, güey, ni que fueras a quebrar”, le soltó. Siguió choteándolo, y Pablo levantó la vista del celular para sumarse. La mesa entera se le echó encima.
Alguien propuso lo de siempre: hacer vaquita y terminar con el asunto. Pero Mateo se puso a echar choro sobre que él ya había pagado la vez pasada, que le tocaba a otro, que las cuentas no cuadraban. Pura mamada, y nadie le creyó una palabra.
Ya los había tranzado igual el mes anterior. Intentó zafarse diciendo que había dejado la cartera en el coche. Sofía no dijo nada; lo dejó cotorrear un rato, dejándolo enredarse solito.
Cuando lo tuvo montado en la mentira, le sacó la sopa: el sábado había ganado una apuesta y traía dinero de sobra. “Eres un cabrón”, se rió Renata. La mesa se le vino encima con pura carrilla.
No hubo defensa posible, así que al pinche Mateo no le quedó de otra que aflojar. Pagó con una sonrisa que le duró la noche entera. Así se cerraba otro jueves: el que se hacía pato pagaba, y encima aguantaba la burla hasta el jueves siguiente.
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