
En el grupo de Sofía había una regla que nadie escribió: el jueves que te tocaba pedir la cena, pagabas y punto. Ninguno quería quedar como el codo del cuento, pero a todos les daba hueva soltar la lana. En la práctica, cada semana era una negociación.
Esa noche le tocaba a Mateo, y el muy vivales llevaba días anunciando que andaba corto. Llegaron los tacos y las chelas, y él se puso a contar las monedas de su cartera con una lentitud sospechosa. Renata lo cachó de inmediato.
“No mames, güey, ni que fueras a quebrar”, le soltó. Siguió choteándolo, y Pablo levantó la vista del celular para sumarse. La mesa entera se le echó encima.